Opinión | Hora de una nueva tecnología | Por Ing. Alberto Farina
Primero, la lámpara en el laboratorio, luego cuando ésta llegó a los hogares, parecía el final de las cosas, ¿qué más se podía pedir?. Gracias a la energía eléctrica, se terminaba la odiosa oscuridad en los largos inviernos. ¿Estaba todo dicho? no: tal como lo hemos estado viendo, una nueva tecnología se estaba gestando.
Un solo tipo de corriente no bastaba
Las plantas generadoras de las que disponía T. A. Edison producían corriente continua, y al ser distribuidas por la red, se producían grandes caídas de la tensión, lo cual hacía que hubiese que tener más generadores. La tensión continua no se podía elevar, había que producirla en el mismo rango en que se la utilizaba.
Una tensión de 110 V era suficiente para la mayoría de las necesidades domésticas o para la iluminación, pero los tranvías, por ejemplo, necesitaban de 550 a 600 V. Por lo tanto, había que tener distintas plantas generadoras de acuerdo a las diferentes tensiones.
En 1886, se inventó un aparato que prometía vencer algunos de los inconvenientes de la corriente continua: el transformador, cuyo inventor fue Nikola Tesla. George Westinghouse advirtió rápidamente las ventajas del nuevo invento: la electricidad se podía producir en una única planta, con un único voltaje, y hacerla servir para todos los fines. Por lo cual, le compró la patente a su inventor.
Westinghouse también era un inventor conocido, y había obtenido patentes por otros inventos. El más importante de ellos, hasta ese entonces, fue el freno de aire destinado a los trenes. Los fabricó y se convirtió en un próspero hombre de negocios. También tenía sólidos conocimientos de electricidad e inventó varios dispositivos señaladores para el ferrocarril.
La utilización de los transformadores consistía en colocarlos en los circuitos y, de ese modo, donde se necesitaban voltajes bajos (como en lámparas de alumbrado), el mismo se rebajaría. Para los tranvías, que requerían voltajes altos, se emplearía un transformador elevador que lo aumentase.
G. Westinghouse descubrió también que cuando se enviaba a larga distancia una corriente alternada de voltaje alto, no había pérdida de energía, como en el caso de la corriente continua. Esto era importantísimo y le dio la clave para la instalación de usinas centrales. Según afirmó, se podía proveer a una ciudad grande, toda la electricidad que necesitase con una sola usina emplazada fuera de la ciudad. No perdió tiempo. Fue a Nueva York e intentó convencer a las autoridades de que su sistema era mejor que el de los generadores de corriente continua de T. A. Edison. Esto marcó la iniciación de una lucha que no tuvo fin hasta mucho tiempo después.
La ciudad de Nueva York era ya una vasta red de cables telefónicos, telegráficos y de energía eléctrica de corriente continua. Estos estaban tendidos sobre postes de considerable altura. Los troncales pasaban bajo tierra. Al añadirse los cables del sistema de corriente alterna, hubo más postes, más cables, lo cual hacía que la ciudad quedase bajo una tela de araña. Los cables del sistema de Westinghouse transportaban voltajes mayores y hubo algunos accidentes. Los cables derribados por las tormentas eran grandes fuentes de peligro. Se sucedieron muertes e incendios. El número de muertos no fue muy elevado, pero los medios gráficos de comunicación publicaban grandes titulares y asustaban a la gente.
El conflicto estaba instalado y siendo alimentado por la prensa, la gente compraba los diarios con ansiedad para enterarse de la disputa entre la corriente continua y la alterna. Muchos atacaron a Westinghouse y su corriente alternada. Edison, por su parte, se opuso enérgicamente al empleo de la corriente alternada y se hizo oír, tenía la sensación de que era muy peligroso que hubiese conductores de alta tensión dentro de la ciudad. Escribió artículos en revistas, pronunció disertaciones en público. Por su parte, Westinghouse trató de mantenerse ajeno a la contienda, pero formuló una declaración pública y respondió a sus críticos en estos términos:
“La corriente alterna matará gente, por supuesto. También matarán gente la pólvora, la dinamita, el whisky y muchas otras cosas; pero tenemos un sistema en cuya virtud, la mortífera electricidad de corriente alterna no causará daño alguno, a menos que un hombre sea tan estúpido como para tragarse una dinamo entera”
Alguien sugirió entonces que los alambres se tendiesen bajo tierra y la discusión se tornó más virulenta. La gente previó toda suerte de peligros si por debajo de las calles de la ciudad se hacían correr cables con altos voltajes. Pero a medida que fue pasando el tiempo, se inventaron nuevos dispositivos que paulatinamente ganaron a la nueva causa anteriores adversarios de la corriente eléctrica alternada. los cables subterráneos demostraron ser absolutamente inofensivos. Edison mismo terminó aceptando que la corriente alterna era mejor que la continua. Llegaron a su término sus amargas luchas con G. Westinghouse, y aún cuando ambos hombres nunca llegaron a ser amigos, se respetaron mutuamente como inventores y competidores en el comercio.
A principios del siglo veinte, el conflicto de las corrientes había concluido con la victoria decisiva de la corriente alternada.
Al ponerse la electricidad al alcance de un número creciente mayor de ciudades, grandes cambios empezaron lentamente a producirse. Los nuevos edificios se dotaron de luces eléctricas y el gas quedó relegado exclusivamente a las cocinas. Los edificios viejos se fueron pasando a la iluminación eléctrica. Un habitante de la ciudad podía acostarse y no tener que preocuparse por si los mecheros de gas de la planta baja estuviesen realmente apagados.
Pronto se encontraron nuevas aplicaciones domésticas de la electricidad, cuyo fin era hacer la vida más fácil. En la década del veinte, las aspiradoras facilitaron la labor de la limpieza de las casas. A éstas siguieron pronto las heladeras, que paulatinamente mejoraron la preservación de los alimentos, empezaron a hacer su aparición los tostadores y otros aparatos de cocina►
Nikola Tesla (1856-1943) Ingeniero electricista. Nació en Smilijan, Croacia, estudió en la Escuela Politécnica de Graz, (Austria), y en la Universidad de Praga, (Polonia). En 1884 emigró a los Estados Unidos, en donde se nacionalizó. Trabajó con T. A. Edison primero, y luego se dedicó a la invención por su cuenta, llevando a cabo una notable labor. Su nombre le fue dado a la unidad de inducción magnética o densidad de flujo magnético.
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